No quiero convertir mi conocimiento en PIB

En mayo de 2017 tuve el placer de recibir a una delegación colombiana que quería desarrollar un parque tecnológico en su país y buscaban referencias en Euskadi. Cuando les pregunté por qué habían pensado en ese proyecto, el que llevaba la voz cantante me respondió: “porque queremos impactar sobre el Producto Interior Bruto de Colombia”.
 
– Para eso no necesitáis un parque tecnológico ­les dije−. Si lo que queréis es impactar sobre el PIB, yo tengo una forma mucho más rápida, fácil y barata y les enseñé esta noticia. Apostadle fuerte al sexo, las drogas, las armas y el alcohol y tenéis el problema solucionado. 
Aunque las miradas de sorpresa dieron paso a las risas, en realidad mi broma tenía un trasfondo muy serio. El Producto Interior Bruto de un país es el valor monetario de los bienes y servicios que se producen en él durante un periodo de tiempo, y fue Simon Kuznetsquien en 1934 lo propuso como principal indicador de crecimiento económico. En realidad, medir el crecimiento de un país en términos del dinero que genera es una idea bastante práctica. Como apunta Yuval Harari en su libro “Homo Sapiens”: “el dinero es el único sistema de confianza creado por los humanos que puede salvar cualquier brecha cultural, y que no discrimina por religión, género, raza, edad ni orientación sexual”. El dinero es un idioma que todos entendemos. Si generamos más dinero, generamos crecimiento económico. Y eso es lo que todos queremos. ¿O no?
Tal vez, no. El PIB lo mide todo, menos lo que de verdad importa. Lo dijo Robert Kennedy en marzo del 68, en su famoso discursoen la Universidad de Kansas:”…el PIB mide la contaminación del aire, la publicidad del tabaco y las ambulancias que recogen víctimas en nuestras carreteras. Tiene en cuenta las cerraduras que ponemos en nuestras puertas y las cárceles en las que encerramos a quienes logran burlarlas. La destrucción de nuestros bosques y la construcción de urbanizaciones descontroladas en su lugar. El napalm, las armas nucleares y los coches blindados que usa la policía para reprimir los disturbios. Pero el PIB no mide la salud de nuestros niños y niñas, ni la calidad de su educación ni la diversión de sus juegos. No mide la belleza de nuestra poesía ni la solidez de nuestros matrimonios, la inteligencia de nuestros debates o la integridad de nuestros funcionarios públicos. No mide nuestra sabiduría, ni nuestro valor, ni la compasión, ni el amor a nuestro país. En resumen: el PIB lo mide todo, excepto lo que hace que la vida valga la pena”.
Por otro lado, el PIB no es un objetivo en sí mismo. Un indicador es un instrumento de control de objetivos. Cuando el indicador se convierte en el objetivo, el sistema se pervierte y se consiguen resultados no deseados. Esto sucede cuando planteamos el crecimiento económico como un objetivo final, cuando en realidad lo que queremos como objetivo final es la prosperidad o el bienestar (es muy poco probable que un país cualquiera se ponga como objetivo basar su crecimiento en el crimen organizado y en la venta de armas de destrucción masiva).
El concepto de “bienestar” frente al concepto de “crecimiento” ya fue analizado en el siglo XVIII por Jeremy Bentham,  quien propuso medir la importancia de las actividades por el grado de felicidad que podían producir, de manera que se priorizaran aquellas que produjeran el mayor nivel de felicidad para el mayor número de personas. La versión del siglo XXI bien puede ser el objetivo propuesto por Jean-Claude Juncker hacia una Europa con un crecimiento, inteligente, sostenible e integrador. Seguro que Bentham estaría encantado de considerar como crecimiento cualquier actividad que sea respetuosa con el entorno, que facilite la igualdad y la integración de las personas, y que además conlleve prosperidad económica. ´
El año pasado os hablé del Proyecto Manhattan como un ejemplo de éxito para introducir el concepto de MISIONES, en el que llevo trabajando desde entonces. Sin ninguna duda, en 1945 Robert Oppenheimer convirtió el conocimiento y la tecnología en PIB, y sus resultados han sido la base para otros muchos descubrimientos que, a su vez, también han contribuido al crecimiento económico de los Estados Unidos y de otros países. Sin embargo, lo que no conté en aquel artículo es que convertir su conocimiento en PIB no le proporcionó a Oppenheimer ninguna satisfacción. Es famosa su frase: “me he convertido en la Muerte, el destructor de los mundos” y también su posterior caída en desgracia por su clara oposición a la proliferación de las armas nucleares.   
Como decía Iñaki San Sebastián en su artículo “Fe en el futuro”, vivimos en una época histórica en términos de bienestar y de progreso. Pero también es verdad que nuestro conocimiento científico y tecnológico nos permite llegar a sitios donde nunca hubiéramos soñado llegar. Y a otros donde quizá es mejor que no entremos nunca. Tener en nuestras manos todas las posibilidades nos dota de una enorme responsabilidad y ya sabemos que para crecer no vale todo. Igual que en “Historia de dos ciudades”, este también puede ser el mejor -y el peor- de los tiempos.
 

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