Las diferencias entre una política orientada a resultados y una política orientada a soluciones

Cuando escribí el artículo “Hacia una política vasca de I+D+i orientada a soluciones“, recibí algunos comentarios muy interesantes centrados en el concepto: “lo que planteas es muy parecido a lo que tenemos ahora, ¿cuál es la diferencia?…” o, “eso lo llevamos haciendo toda la vida en Euskadi, ¿dónde está el cambio?…“. Aquí va una reflexión para ilustrar mejor la diferencia entre pensar en resultados o pensar en soluciones.

Situación A. Subo a un taxi y le digo al taxista: “Hola, buenos días. Al aeropuerto, por favor”. Llegamos al aeropuerto y le pago la carrera.

Situación B. Subo a un taxi y le digo al taxista: “Hola, buenos días. Vaya hasta el final de esta calle, por favor, y después gire a la derecha. Cuando llegue a la rotonda continúe recto y tome la primera salida a la derecha. Pare en el ceda. Conduzca a cien kilómetros hora durante quince minutos hasta que encuentre una salida donde pone aeropuerto, tome el carril de la izquierda y conduzca otros diez kilómetros hasta que vea unas luces y una torre muy alta. Tome el carril de llegadas y aparque en la zona donde pone taxis.”. Llegamos al aeropuerto y le pago la carrera.

Para un observador externo las dos situaciones son exactamente iguales: me subo a un taxi, llego a mi destino y le pago al taxista su carrera. Pero en realidad hay importantes diferencias entre ambas situaciones:

Diferencia 1. LA CONFIANZA ENTRE LOS AGENTES.

Hay dos motivos para que suceda la situación B: 1), que crea que el taxista no tiene ni idea de cómo se llega al aeropuerto o 2), que crea que el taxista es un sinvergüenza que va a dar cien vueltas para cobrarme el doble. En cualquiera de los dos casos, está claro que no confío ni en la experiencia ni en el conocimiento del taxista o, peor aún, que creo que yo soy capaz de hacer su trabajo mejor que él.

Diferencia 2. LA INFORMACIÓN DISPONIBLE.

El taxista no tiene ni idea del destino final. Si el taxista hubiera sabido desde el principio que íbamos al aeropuerto, probablemente me habría avisado del atasco que se forma cada día en la autopista a esa hora, y me habría propuesto una ruta alternativa para llegar antes. Como no sabía el destino, no ha podido usar su conocimiento ni su experiencia para hacer que el viaje sea óptimo para él (acaba antes y puede hacer otra carrera) y para mí (que voy a perder el avión por llegar tarde).

Diferencia 3. LA OPTIMIZACIÓN DE LAS CAPACIDADES

Igual conozco el camino al aeropuerto de Bilbao como la palma de mi mano. Pero si trato de hacer lo mismo cuando tenga que tomar un avión en Nueva York, en Berlín o en Tokio, más me vale que aprenda a teletransportarme. Voy a dar más vueltas que un tiovivo, me voy a gastar un dineral y lo más probable es que no llegue al aeropuerto jamás.

Diferencia 4. LA DIRECCIONALIDAD
En el segundo caso tengo todos los boletos para que el taxista me eche mal de ojo o me deje tirada en medio de la autopista, por pesada. En el primer caso, estoy asumiendo implícitamente que coger un taxi es la mejor opción porque odio los autobuses y, si cojo mi coche, luego tendré que volverme loca para aparcarlo y, además, me costará un dineral. Confío en que el taxista conoce ese trayecto y va a tomar las mejores decisiones para llegar lo antes posible. Así que solo le digo: “lléveme al aeropuerto” y confío en que él sabrá cómo hacerlo.

La vida real.

Si soy un gobierno con una política orientada a resultados me voy a sentar con mi sistema de innovación y les voy a decir: “¡patentad, publicad, colaborad, innovad!” (a la derecha, todo recto, a la izquierda). Y si tengo un buen sistema de innovación -y el vasco lo es- mis agentes publicarán, patentarán, colaborarán e innovarán.

Si soy un gobierno con una política de innovación orientada a soluciones, me voy a sentar con mi sistema de innovación y les voy a decir: “¡encontrad una cura para el Alzheimer en 5 años!” (¡llevadme al aeropuerto!) Y si tengo un buen sistema de innovación -¿tengo que insistir en que el vasco lo es?- encontrarán la cura, y para ello no les quedará más remedio que generar nuevo conocimiento (y publicarlo), colaborar entre ellos y con otras instituciones internacionales mejores que ellos, y generar nuevos productos y nuevas tecnologías (así que innovarán y también patentarán).

Por supuesto, cuando tomo un taxi tengo que pagar y mi dinero cubre el trabajo del taxista, la gasolina y el desgaste de las piezas del coche. Cuando oriento al sistema hacia soluciones concretas, como gobierno también tengo que pagar. El sistema me va a pedir infraestructuras, me va a pedir que cambie la legislación para facilitar la entrada de productos en el mercado, me va a pedir un mercado donde colocar sus productos, me va a pedir programas de ayuda específicos para generar conocimiento y transferirlo. Me va a pedir, en definitiva, que mantenga una política de oferta, una política de demanda y una política de resultados. Y ese será mi trabajo como administración: dotar de direccionalidad al sistema, establecer las condiciones de entorno adecuadas y crear nuevos mercados.

Como os conozco, sé que estaréis pensando: “el sistema vasco de innovación no es un taxista que se limite a cumplir el mandato del gobierno“. Y tenéis razón, no lo es. Lo bueno de los taxistas es que conocen tan bien su ciudad, que no solo saben cuál es el mejor camino para llegar al destino marcado, también conocen montones de sitios interesantes a los que llevarte y (aún más importante) te pueden decir en qué parte de la ciudad es mejor que ni pongas los pies. Así que ahí va mi último consejo: escucha al taxista. Y fíate de él.

2 comentarios sobre “Las diferencias entre una política orientada a resultados y una política orientada a soluciones

  1. Tu reflexión me ha recordado un post de Xavier Marcet al que copio:

    “…En Oxford me encontré un plan estratégico de universidad bien hecho, convencional si se quiere, pero con un aspecto asociado no menor. Eran capaces de vincular una campaña de captación de donaciones económicas al plan estratégico de dimensiones extraordinarias, de miles de millones de libras esterlinas. En Cambridge, simplemente, cuando pregunté por el plan estratégico me dijeron que no tenían, que desde el siglo XVIII intentan captar a los mejores talentos y éstos ya saben lo que tienen que hacer. Me hubieran podido dar el 1209 como fecha de la fundación de la Universidad, pero fueron discretos…”

    http://www.xaviermarcet.com/2018/10/

    Me gusta

  2. Dejas una referencia que es un tesoro: no puedo estar más de acuerdo con ella. Me encanta la idea de que un plan estratégico debe ser una inspiración. Hoy he tenido una conversación súper inspiradora con una persona que me decía algo como: “Las aptitudes no son tan importantes como las actitudes. Quiero contratar a personas que entren a la empresa cada mañana con los ojos brillantes”. Supongo que lo ideal es tenerlo todo: una estrategia que nos sirva de guía, y un montón de personas comprometidas con la idea, que tiren hacia delante y que no pierdan la motivación. Aunque igual cuando eres un número uno ya no necesitas un plan estratégico (aunque implícitamente lo tengas en tu cabeza) sino un buen equipo que te motive, que me impulse y que te haga crecer…

    Gracias por el regalo, Luis, y muchas más gracias por leerme 🙂

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s