¿Jugamos?

El gordito corre y salta con una agilidad impropia de su constitución física. De vez en cuando se le oye gritar “ooopa” mientras avanza a toda velocidad y yo no paro de balbucear incoherencias: “¿La flor se coge? ¿por qué no se rompe este ladrillo? ¿la tortuga es buena o es mala? ¿y la seta con patas? ¿es buena?. Pero no hay nada que hacer. Acabo de empezar la partida, pero Mario ya está en el suelo, rodeado de estrellitas y una risa tenebrosa anuncia mi derrota mientras una calavera negra cierra la pantalla. Cuando levanto la mirada, me encuentro con la de Lorena – catorce años – que me mira con una mezcla de compasión y fastidio mientras sacude la cabeza y murmura. “Jo, eres un paquete…”
Lo soy, las cosas como son. Las dos nos enfrentamos a un videojuego nuevo y mientras yo no paso de la primera pantalla, ella las va pulverizando todas con una destreza admirable. Decidida a descubrir su secreto, me dedico a observarla mientras ella juega. La veo ensayar combinaciones de teclas antes desconocidas para obligar a Mario a agacharse, a convertirse en otro personaje, a tirar bolas de fuego. “¿Y eso?¿Cómo se te ha ocurrido eso?” Ella encoge los hombros con indiferencia sin apartar los ojos del juego “No sé”.
Después de un rato mirando y preguntando, empiezo a descubrir el secreto. En realidad lo que ella está haciendo es poner en práctica un proceso definido por los teóricos como: “el proceso a través del cual el individuo modifica su comportamiento y desarrolla y adquiere nuevas formas de actuación. El nuevo conocimiento generado se incorpora al modelo mental de la persona y modifica sus reglas de decisión. Esta capacidad se desarrolla cuando los individuos crean una nueva mentalidad, cambian la forma de entender las cosas y afrontan los problemas de una manera distinta a la inicial”. En una palabra: el proceso de aprendizaje, que en el modelo desarrollado por el experto en educación David Kolb se define mediante la sucesión de cuatro acciones concretas: hacer, reflexionar, abstraer y decidir.
La clave que marca la diferencia entre su éxito y mi fracaso es algo tan simple como la capacidad de jugar. Cuando somos niños, todos sabemos jugar. A medida que vamos creciendo, el juego deja de tener tanta importancia hasta que nos hacemos adultos y lo olvidamos completamente. Y con la capacidad de jugar perdemos también la práctica de aprender. El juego nos permite adquirir conocimientos nuevos: descubrimos nuevas texturas cuando somos bebés, aprendemos que existen reglas cuando nos enfrentamos a un parchís, desarrollamos valores como el espíritu de equipo cuando aprendemos a jugar al escondite (¿se acuerdan del famoso “libro por mí y por todos mis compañeros”?). Además, jugar no sólo nos permite conocer cosas nuevas, también nos ayuda a interiorizarlas, de forma que cuando nos enfrentamos a una situación nueva, sabemos aplicar lo que hemos aprendido y encontramos nuevas soluciones.
Resumiendo: innovamos jugando. O jugamos para innovar. En un mundo donde la innovación se ha convertido en la piedra angular del desarrollo, las empresas comienzan a darse cuenta de la importancia de convertir a sus directivos en pequeños exploradores a través de iniciativas que despierten su capacidad de jugar/innovar. Y a la sombra de esta moda se está desarrollando todo un sector de empresas que proporcionan este tipo de servicios de una forma profesional, con una oferta que engloba actividades deportivas, juegos de estrategia y también actividades más tradicionales como el Lego.
Intuyo sin embargo que el tema no debería ir tanto por organizar un fin de semana al año de paint-ball empresarial, sino más bien por integrar la idea dentro de la empresa como una actividad horizontal. El ejemplo más obvio de esta filosofía de jugar para innovar tal vez resida en la empresa Google, que utiliza el juego como herramienta en su actividad diaria, potenciando que los trabajadores desarrollen sus habilidades en un entorno claramente orientado a fomentar la creatividad individual y de equipo. En su proceso de selección, Google propone un acertijo numérico, cuyo resultado es el enlace a una página web donde hay que resolver nuevos problemas para pasar el proceso. Cuando alguien llega al final (la web del departamento de I+D de la empresa) da con un mensaje que dice algo parecido a esto:
“Es más fácil encontrar lo que estás buscando si ese algo te está buscando a ti. Nosotros buscamos los mejores ingenieros del mundo. Y aquí estás tú”.
¿A alguien se le ocurre la forma de entrar más motivada en una empresa?

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